Rendición

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Foto: Megustaleer

Ficha técnica: Ray Loriga, Rendición, Alfaguara, 2017, 216 páginas.

Quizá sorprende el Ray Loriga que nos encontramos en Rendición. Es evidente: es un trabajo ambicioso y que busca desmarcarse ─aunque sea a juicio del lector, porque eso debería de responderlo el propio autor─ de trabajos que le hicieron grande como Lo peor de todo Héroes, mas que también construyeron esa figura de icono. Sí que puedo asegurar que la potencia narradora tan propia en él está. Como tantas otras veces, escoge la primera persona, que nos conducirá por todas las historias que tienen lugar en esta novela, que llevó a Loriga a conseguir el importante Premio Alfaguara 2017. Precisamente, está en cada uno, es personal quiero decir, cuánto de determinante es un galardón a la hora de emitir un juicio y valoración sobre lo que se acaba de leer. Seguramente, uno de por sí le exige más. Creo que Rendición es una buena novela; ¿merecedora del Premio? eso a mí no me compete. No voy a negar que tuve presente que tenía entre mis manos una obra premiada, pero yo al menos nunca me he planteado qué tiene que tener un libro galardonado. Disfruté Rendición, y supe ver una original idea central articulada mediante las soberbias pinceladas literarias que presentan habitualmente los trabajos de este autor.

«Sorprende darse cuenta de cómo el amor alimenta y calma aun en las peores condiciones, o precisamente y con más razón en las peores condiciones».

Decidí ─acertada e intencionadamente─ leer Rendición durante el confinamiento al que estamos sometidos por esta complicada enfermedad de la Covid-19. Siempre estoy al tanto de todo lo que hace Loriga y, por tanto, conocía el tema que había elegido para este trabajo. Rendición transita por los episodios que crean un antes y después y de cómo encajamos cuando la vida golpea. Creo que el autor pretendía conseguir que su libro fuera de la vida y para mí sí que lo logra; vaya si lo hace. Este libro va de adaptarse. A veces, no podemos escoger; en ocasiones, no hay alternativas o plan B, sino que no nos queda otra que hacer una cosa concreta y con unas condiciones no interpuestas por nosotros. Como he dicho, en su momento me harté de ver y leer entrevistas suyas sobre el libro; sin embargo, no recuerdo si para Loriga Rendición era una historia distópica. Para mí no lo es, mas subyace en el texto, por eso he dicho unas líneas arriba que sí que esta obra va de la vida, preguntas centrales que uno debería hacerse de forma recurrente. Considero, como también el propio Loriga afirmó, que es una fábula.

«Y de la claridad se puede tener una buena o mala opinión, pero es evidente que cuando es tan excesiva y se convierte en la única condición, engulle todos los secretos, todos los misterios y todos los deseos».

En mi opinión, esta novela pretende responder una pregunta: «¿Quiénes somos cuando nos cambian las circunstancias?», interrogante que acertadamente está incluido en la contraportada del libro. Curiosamente, tanto el nombre del personaje principal ─y narrador de la historia─ como el de su mujer no aparecen, no existen. Sí tienen nombre sus dos hijos ─Augusto y Pablo─, que fueron a la guerra y de los que no tienen noticia alguna desde hace bastante tiempo; y Julio, un niño que apareció en sus vidas a razón del conflicto bélico y del que ambos deciden hacerse cargo. Por lo que Rendición tiene como protagonistas a estos tres personajes: el narrador ─Él─, «Ella» y el niño Julio. En resumen, la guerra lo ha arrasado todo en el bando perdedor, en el que están ellos y los habitantes de la comarca en la que viven. La única escapatoria a esta complicada situación es unirse al viaje organizado por las autoridades para llevarles a la ciudad transparente, un lugar completamente distinto a todo lo que conocen y en donde no hay espacio para la improvisación, que queda sepultada por el sistema organizativo que rige la ciudad transparente, en el que todo está medido y controlado. Es en este momento inicial de la novela cuando tiene cabida uno de los pasajes más duros y terribles del argumento: los tres personajes tienen que acatar la condición de la imposibilidad de albergar recuerdos, de tener memoria, para poder emprender esta travesía al lugar prometido. El autor diseña una trama que consigue que al lector le resulte complicado saber qué derroteros toma la historia. De este modo, la obra aúna la tensión propia del argumento, la reflexión a la que invita la situación creada en la novela y la identificación del lector con el narrador a partir de la poderosa narrativa cobijada en la sencillez que caracteriza al personaje principal. Como se ve, un cóctel potente que erige un texto sólido y bien formado.

«A veces uno tiene que esperar a que las cosas sucedan por más que intuya lo que podría suceder, porque si no, te toman por loco».

El protagonista y su familia tienen que aceptar que todos los planes de vida pensados se han ido al garete. Es algo que sabían, ya que la historia narrada arranca aclarando que la guerra está ya bastante perdida y que la situación es tremendamente desfavorable para ellos. Lo que no quita que se reste dificultad al hecho de tener que asumir que irás a vivir a un lugar con condiciones bastante distintas a las que estás acostumbrado. No dejan de ser unos refugiados, por buscar el símil histórico y, lamentablemente, también actual, que deben buscar un porvenir, ya no mejor, sino tratar de lograr un destino que les permita sobrevivir. Pero también se revelan las motivaciones que explican por qué el protagonista guía a su familia a esta ciudad transparente que, en principio ─y aunque no fuera así no tienen otra alternativa─, le puede asegurar el futuro de él y su familia; que es lo que realmente importa. Aunque esto suponga una privación de libertades, estímulos, vínculos y, en definitiva, sacrificios que, como el lector averiguará, caracterizan a la ciudad transparente. Él es el protagonista absoluto de la novela. Loriga consigue una vez más un personaje identificable, capaz de crear un estrecho vínculo con el lector: le compadecemos, nos alegramos, nos frustramos o nos reímos ─lo que toque─ con él. Empero, la grandeza del personaje creado por el autor es la apabullante soledad a la que comprende que debe hacer frente a partir de un momento determinado de la historia. El que esté solo, pero a la vez no pueda pensar únicamente en sí mismo, porque lo que haga tiene consecuencias para las dos personas que aprecia, hace magno el monólogo interior descrito en las páginas de Rendición. Él va reaccionando como buenamente puede y, debo decirlo, bastante tarde, a todo lo que le va ocurriendo. Con un proceso de asimilación, un constante runrún consigo mismo, que le conduce lentamente a la determinación requerida para tomar una serie de decisiones.

«Estaba empezando a cansarme, supongo, como los perros viejos, y a aceptar que las cosas son como son, y así van a seguir siendo, hasta que algo, o alguien, las cambie. Y yo, a qué negarlo, no me tenía por ese alguien. De igual manera que los perros viejos se tumban y aceptan su condición, así me tumbaba yo, semidormido, y acataba las órdenes invisibles de mi suerte.

Una vez que se admite que Dios no lo ha elegido a uno para nada extraordinario, se empieza a vivir de veras como se tiene que vivir, con los pies y las manos dentro de un círculo marcado en la arena, sin pisar más allá de lo que te toca ni querer coger lo que no es tuyo».

Rendición es una fábula que incluye reflexiones acerca de la familia, la importancia de los orígenes y diversas adversidades vitales. Del mismo modo, que aborda fenómenos que suenan tan complejos como los sistemas políticos que estructuran las sociedades. Asimismo, la novela exhibe un marcado individualismo en el que cada uno mira por lo suyo y le motiva poco la generosidad. Por no hablar de esa ciudad transparente, donde todos ven lo que hacen los otros, con la evidente pérdida de privacidad que acarrea, y que podríamos poner en paralelismo con el fenómeno de las redes sociales. Aunque es cierto que la ciudad transparente no ofrece la libertad de desestimar si no te interesa ─como sí podemos hacer en nuestras vidas con las redes sociales─. Da la sensación que Rendición invita a la reflexión crítica de la sociedad del siglo XXI; en línea con aquellos que creen que la literatura tiene el cometido de repensar el sistema de mentalidades de su tiempo.

«Es sorprendente cómo trata la gente las cosas que no son suyas, las ganas de destrozarlo todo que sin duda tienen muchos y que sólo salen cuando les dejan, cuando por no haber vigilancia alguna ni autoridad ni mando, saca cada cual lo más bruto que lleva dentro y arremete contra todo con una saña que asusta».

Loriga ha logrado ser quien es, en parte, por escribir en sus novelas frases memorables. Este trabajo se compone de un número nutrido de ellas: «[…] otras veces me entretiene con sus disparatadas historias. Eso es algo que admiro de ella y que yo nunca supe hacer: inventar historias. […] La gente que sabe contar historias siempre tiene compañía». Y es que no es fácil encontrar autores que escriban como Ray Loriga; éste debería ser ya un argumento por sí sólo para adentrarse en las páginas de este texto. Asimismo, se cuenta una historia potente que presenta elementos de una destacada singularidad, que logra poner al lector en tensión, pero que también proporciona golpes de humor entre tanto despertar de conciencias. Porque el tono en el que está contada, unido al personaje, sencillo, humilde y sin grandes aspiraciones, hace rebajar mucho la intensidad o gravedad  que conllevan muchos de los pasajes que la familia atraviesa y que la narración de los mismos muchas veces desconcierta. Este tono de Rendición puede invitar a pensar en una novela sencilla, y supone, por tanto, la confirmación de haber caído en el juego ilusorio y de distracción que creo que ideó Loriga; hacer creer que una aparente simplicidad no puede implicar una complejidad. Ocurre constantemente: no saber interpretar correctamente enigmas que tenemos a simple vista diariamente. Sin embargo, Rendición demuestra que es muy fácil pasar por los días sin pararse a pensar en los porqués de lo que hacemos. ¿Cuántas veces tenemos la oportunidad o queremos estar en silencio, poner en orden todo y, simplemente, preguntarse? Demasiadas distracciones y obligaciones que no reparan en la pausa. El confinamiento ha puesto todo esto de relieve.

«A veces un empleo, por bruto que sea, es el mejor consuelo para un hombre que no quiere hablar con nadie ni explicarse demasiado».

Loriga, que reconoció que el libro tiene ese número concreto de páginas para cumplir con los requisitos establecidos por el Premio Alfaguara, escribe un fantástico pero apresurado final. Con unas pocas páginas más, o esa pausa que sí tienen otras partes del libro, sería todavía más redondo. Lo que no es incompatible con que la novela esté bien construida, algo que realmente pienso; está muy bien trabajada, con personajes sólidos y una historia que prueba que ha estado bien pensada, pues rebosa orden, coherencia y claridad. Todo en esta obra está en el título, que encierra una derrota que podemos ─o no─ tratar de argumentar. Un título que lleva implícito la aceptación de la tragedia. Hay pérdida o traición; hay desarraigo. Insisto, Rendición va sobre la vida. Enseña que uno, en muchas ocasiones, no está preparado y, por tanto, hace lo que buenamente puede. Muestra también que uno, a veces, no es dueño de sus cartas. Con clara inspiración en el celebérrimo poema de Jaime Gil de Biedma, afirmar que uno está continuamente aprendiendo qué es la vida y tratando de resolver los interrogantes que la misma va planteando. Rendición pone en la mesa preguntas a las que si tratamos de escapar podemos pagar las consecuencias de tal evasiva. Esta novela revela la tregua con uno mismo como una solución fallida, a la vida le da igual el hartazgo que uno pueda haber acumulado consigo mismo, te seguirá exigiendo una o varias respuestas. Si no eres capaz de zafarte correctamente, te verás arrinconado y tendrás que asumir que esto se ha acabado y te das cuenta que has perdido la posibilidad de siquiera unas tablas. Porque no, la vida no es como una partida de ajedrez, a veces da igual cómo muevas las piezas.

«Uno tiene que saber cuándo su tiempo ya ha pasado.

Y aprender a admirar otras victorias».

 

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