Velázquez desaparecido

Laura Cumming, reputada crítica de arte en Reino Unido, es la autora de Velázquez desaparecido, su homenaje a las dos biografías que protagonizan la historia: John Snare y Diego Velázquez. El libro responde a la pasión y admiración que tiene Cumming por los dos biografiados. Velázquez no necesita presentación, pero sí John Snare. Así también cuento de qué va Velázquez desaparecido. 

Como si fuera, precisamente, un personaje rescatado por Velázquez, paralelismo que pertinentemente hace, nada más comenzar la obra, Laura Cumming, Velázquez desaparecido supone sacar de las sombras, descubrir, la historia del entrañable John Snare, librero inglés que se hace con un modesto ─por su estado─ cuadro de Carlos I de Inglaterra. Esta noble y bella acción cambiará su vida por completo. ¿Y por qué comprar un cuadro por ocho libras desmonta la vida de una persona? La razón estriba en demostrar, primero, que el cuadro era bueno y, además, que es todo un Velázquez. De esto hace Snare toda una cruzada personal. Por tanto, y, como habrá concluido el lector de esta reseña, una de las dos historias principales es esta obsesión por la pintura que tendrá para Snare mayúsculas consecuencias vitales. La otra parte del texto está ocupada por el relato/ensayo de amor y admiración de Cumming por la obra del pintor Diego Velázquez.

Con todo, Velázquez desaparecido me parece un ejercicio incompleto, imperfecto; incluso fallido. El punto fuerte del mismo es el ojo, la mirada tan personal y acertada de su autora: Laura Cumming, habiéndome gustado mucho sus descripciones sobre la obra de Diego de Velázquez. Todo lo que concierne a la figura del pintor está bien resuelto. Esto no deja de ser una opinión, pero sí que considero que ella misma sabe que es el punto fuerte del relato y es, por ello, que ofrece una cierta sensación de seguridad en la presentación de estos contenidos descriptivos. Los hace muy atrayentes al lector. Esto me ha ocurrido ─especialmente─ con el capítulo 12 ─«La evasión»─, con formidables pasajes sobre la Vista del jardín de la Villa Medici en Roma, Inocencio X o Juan Pareja. Sin lugar a dudas son las páginas que más disfruté. Y el cierre del libro, el último capítulo, con un escrito completamente personal, realizado por alguien que es una enamorada de Velázquez y que ha contemplado y pensado su obra durante años. Es un capítulo extraordinario y un texto que desborda una sensibilidad muy especial.

«Este cuadro de Velázquez es pequeño; su tamaño no es ni el doble del libro que está leyendo. Las figuras que nos dan la espalda son diminutas, el criado o la criada que está colocando el paño sobre la balaustrada apenas es visible: la vista es real, pero está distanciada como un sueño. Por supuesto, es fácil sacar al aire libre un lienzo pequeño, pero quizá eligió el tamaño también por otra razón: la urdimbre de la tela es exactamente del tamaño adecuado para imitar el aparejo de los ladrillos.

Esta es una de las inimaginables sutilezas de Velázquez. ¿Cómo pudo prever algo así? ¿O se le ocurrió mientras pintaba? Este es un gran interrogante sobre su arte: qué surge de qué, cómo evoluciona todo, pausada o rápidamente, por azar o premeditadamente. Pero lo que vemos aquí es lago no tan distinto de la ingeniería de precisión, en términos de visión y juicio: el minúsculo contorno de cada ladrillo está definido por la trama de los hilos.

[…]

Lo que es tan singular en este pequeño lienzo es que Velázquez realmente está ahí fuera, en el plácido jardín de la Villa Medici. Está atestiguando lo que ve con el pincel cargado y una sensibilidad extrema para el lugar, su atmósfera y su calidez, y para la suave luz del verano romano. Está pintado in situ, y las observaciones de los ojos son transmitidas directamente por la mano al pincel: literalmente una impresión y, de todas sus obras, la que más prefigura el impresionismo de dos siglos después.

[…]

Vista del jardín de la Villa Medici en Roma es uno de los cuadros de menor tamaño del Prado y uno de los más grandes. Es una pintura que no insiste en nada, que aprecia algo tan modesto como un muro, que hace un muro tan hermoso como una pintura. Quizá porque sobresale en tantas cosas ─es tan avanzada, tan radical y original─, los especialistas han sostenido que Velázquez debió de pintarla durante su segundo viaje a Roma en 1649, cuando tenía cincuenta años; de lo contrario, habría llegado a la cima de su evolución con poco más de treinta años. Pero ya la había alcanzado, y estaba justo ahí, después de todo, viviendo en la Villa Medici».

Vista del jardín de la Villa Medici en Roma

Diego Velázquez, Vista del jardín de la Villa Medici en Roma, 1630 ca., óleo sobre lienzo, 48,5 x 43 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

Es cierto que el “contenido histórico-artístico” pueda verse ─para conocedores de la obra del sevillano─ algo básico en su mayor parte, siendo ─quizá─ el propósito de Cumming realizar un estudio divulgativo de Velázquez. También es probable que, por ello, no existan errores de bulto en sus páginas, ya sea de documentación o rigor. Por ello. insisto, toda la parte “más de historia del arte” está muy bien escrita, siendo muy amena su lectura. Lo que falla es la trama y enfoque de la historia de Snare que convierte a Velázquez desaparecido en un batiburrillo de policíaco, ensayo, biografía, novela/novela histórica. No sabes muy bien qué has leído una vez la terminas.

Así es como llegamos al capítulo 17 ─«El fantasma de un cuadro»─ en mi afán por argumentar más lo anteriormente expuesto. En estas páginas la autora desvela sus cartas y es así como toman forma los peores augurios que uno iba murmurando conforme avanzaba en la lectura: la historia no es potente. Y eso que el texto que constituye el inicio de «El fantasma de un cuadro» es brillante y el lector lee con agrado las reflexiones de la crítica de arte en torno a todos los avatares que alimentan los distintos episodios de la larga vida de las obras. Resultando, de este modo, unas emotivas líneas sobre el arte perdido y el arte no deseado que queda condenado al olvido. Como durante toda la obra, la prosa de Cumming fluye cuando escribe sobre arte.

Sin querer resultar implacable, el siguiente capítulo me pareció una pérdida de tiempo, de relleno; no le encontré el sentido y pensé que podría haber sido articulado de otra forma o, incluso, haber sido colocado en otra parte de la trama, o en menos páginas. En definitiva, haber adoptado cualquier otra solución. Es hasta habitual que en la mayoría de libros ─en un ejercicio que me parece un poco soberbio─ uno crea que sobran páginas y no pasa nada, no hay ningún problema; mas aquí sí pasa, ya que estamos al final del libro. Llegado a este punto, sabes que te quedan veinte páginas y que la trama en torno a Snare no va a mejorar.

En mi modesta opinión, todo lo interesante y notable que es el “ensayo” sobre la figura de Velázquez queda deslucido por las limitaciones que Cumming tiene para novelar la historia de Snare. ¿O es la historia en sí que no es tan potente como presume el lector al inicio? Que, a mi modo de ver, aquí nos topamos con un problema, porque la responsabilidad recae en la autora por haber vestido e ¿inflado? con prosaicos ganchos la historia de Snare. Y es, además, donde se ven las carencias en esta faceta de Cumming y la razón que explica el difícil ejercicio de descifrar qué género corresponde Velázquez desaparecido. Pero en esto consiste la literatura, el arte y las distintas disciplinas, en ser estudiadas y juzgadas y llegar, si es posible, a un número alto y variopinto de conclusiones sobre las diversas creaciones.

En definitiva, Velázquez desaparecido se lee fácil y es una forma estupenda de querer a Velázquez y de entrar en contacto con él y su figura. Porque, eso sí, es muy difícil mostrarse indiferente a la pasión que desborda el relato de Cumming sobre «el más grande de los pintores». También de aprender una buena cantidad de hechos curiosos en relación con la historia y vida de las obras, de coleccionistas o instituciones. No niego que no cumplió mis expectativas, que eran muy altas por el atractivo binomio en el que se basaba el planteamiento de la autora. Y es, por ello, que, simplemente, me parece que Cumming brilla en lo suyo y flaquea en lo que no domina tanto; porque lo que aquí pretende no es algo sencillo de lograr.

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Foto: Megustaleer.

Laura Cumming, Velázquez desaparecido, Taurus, 2016, 336 páginas. Enlace

La notable y visible incidencia del Salón de Reinos en el actual Museo del Prado: el caso de la sala 9A

La sala 9A del Museo Nacional del Prado, que alberga las pinturas que coparon las paredes del Salón de Reinos, está experimentando un movimiento continuo de cuadros; y así va a seguir siendo, ya que se está procediendo a restaurar las distintas obras que formaron parte del Salón de Reinos, con vistas a la próxima/futura rehabilitación.

Y es que, al igual que nosotros, el museo también ve más cerca de hacerse realidad uno de los grandes proyectos y anhelos: el Salón de Reinos a disposición de los ciudadanos y recuperar uno de los pocos vestigios históricos que conserva la ciudad de Madrid. Por ello, el Prado quiere tener todo listo para cuando el nuevo edificio abra sus puertas. Y esto, claro está, tiene desde ya una incidencia inmediata en el espacio de exposición permanente del museo. Y esto es lo que se tratará en este breve post.

La recuperación de Bahía de Todos los Santos

Fray Juan Bautista Maíno, La recuperación de Bahía de Todos los Santos, Museo Nacional del Prado, 1634-1635.

Las lanzas o La rendición de Breda (1)

Diego Velázquez, La rendición de Breda, Museo Nacional del Prado, 1634-1635.

Se podrían destacar dos cambios significativos: Por un lado, La rendición de Juliers, de Jusepe Leonardo, ha sido restaurada ─luce fantástica─ y se expone frente a ‘La rendición de Breda’. En segundo lugar, se ha procedido a restaurar La defensa de Cádiz contra los ingleses, de Francisco de Zurbarán.

Captuuuura

Francisco de Zurbarán, Defensa de Cádiz contra los ingleses, Museo Nacional del Prado, 1634-1635.

Rendición de Juliers

Jusepe Leonardo, La rendición de Juliers, Museo Nacional del Prado, 1634-1635.

En lugar del cuadro de Zurbarán, un fijo de la sala, ahora se expone el formidable El socorro de Génova por el II marqués de Santa Cruz, de Antonio de Pereda. Por último, El socorro de Brisach, también de Jusepe Leonardo, ha sido restaurado, no así el Isabel de Borbón a caballo, de Diego Velázquez y taller; asimismo, fijada su restauración en el Plan de Actuación 2017-2020 y, por tanto, sigue expuesto en la sala 12.

El socorro de Génova por el II marqués de Santa Cruz (1)

Antonio de Pereda, El socorro de Génova por el II marqués de Santa Cruz, Museo Nacional del Prado, 1634-1635.

Socorro de Brisach

Jusepe Leonardo, Socorro de Brisach, Museo Nacional del Prado, 1634-1635.

La reina Isabel de Borbón, a caballo

Diego Velázquez y otros, Isabel de Borbón a caballo, Museo Nacional del Prado, 1635, ca.

En definitiva, esta sala va a ser un continuo estímulo para el visitante que acude asiduamente al museo. Ya se está viendo la incidencia que está teniendo el Salón de Reinos en el Prado, algo que todavía se hará más notable cuando éste quede inaugurado y en él se expongan obras y en el Prado otras tengan su oportunidad de ser mostradas.