Velázquez desaparecido

Laura Cumming, reputada crítica de arte en Reino Unido, es la autora de Velázquez desaparecido, su homenaje a las dos biografías que protagonizan la historia: John Snare y Diego Velázquez. El libro responde a la pasión y admiración que tiene Cumming por los dos biografiados. Velázquez no necesita presentación, pero sí John Snare. Así también cuento de qué va Velázquez desaparecido. 

Como si fuera, precisamente, un personaje rescatado por Velázquez, paralelismo que pertinentemente hace, nada más comenzar la obra, Laura Cumming, Velázquez desaparecido supone sacar de las sombras, descubrir, la historia del entrañable John Snare, librero inglés que se hace con un modesto ─por su estado─ cuadro de Carlos I de Inglaterra. Esta noble y bella acción cambiará su vida por completo. ¿Y por qué comprar un cuadro por ocho libras desmonta la vida de una persona? La razón estriba en demostrar, primero, que el cuadro era bueno y, además, que es todo un Velázquez. De esto hace Snare toda una cruzada personal. Por tanto, y, como habrá concluido el lector de esta reseña, una de las dos historias principales es esta obsesión por la pintura que tendrá para Snare mayúsculas consecuencias vitales. La otra parte del texto está ocupada por el relato/ensayo de amor y admiración de Cumming por la obra del pintor Diego Velázquez.

Con todo, Velázquez desaparecido me parece un ejercicio incompleto, imperfecto; incluso fallido. El punto fuerte del mismo es el ojo, la mirada tan personal y acertada de su autora: Laura Cumming, habiéndome gustado mucho sus descripciones sobre la obra de Diego de Velázquez. Todo lo que concierne a la figura del pintor está bien resuelto. Esto no deja de ser una opinión, pero sí que considero que ella misma sabe que es el punto fuerte del relato y es, por ello, que ofrece una cierta sensación de seguridad en la presentación de estos contenidos descriptivos. Los hace muy atrayentes al lector. Esto me ha ocurrido ─especialmente─ con el capítulo 12 ─«La evasión»─, con formidables pasajes sobre la Vista del jardín de la Villa Medici en Roma, Inocencio X o Juan Pareja. Sin lugar a dudas son las páginas que más disfruté. Y el cierre del libro, el último capítulo, con un escrito completamente personal, realizado por alguien que es una enamorada de Velázquez y que ha contemplado y pensado su obra durante años. Es un capítulo extraordinario y un texto que desborda una sensibilidad muy especial.

«Este cuadro de Velázquez es pequeño; su tamaño no es ni el doble del libro que está leyendo. Las figuras que nos dan la espalda son diminutas, el criado o la criada que está colocando el paño sobre la balaustrada apenas es visible: la vista es real, pero está distanciada como un sueño. Por supuesto, es fácil sacar al aire libre un lienzo pequeño, pero quizá eligió el tamaño también por otra razón: la urdimbre de la tela es exactamente del tamaño adecuado para imitar el aparejo de los ladrillos.

Esta es una de las inimaginables sutilezas de Velázquez. ¿Cómo pudo prever algo así? ¿O se le ocurrió mientras pintaba? Este es un gran interrogante sobre su arte: qué surge de qué, cómo evoluciona todo, pausada o rápidamente, por azar o premeditadamente. Pero lo que vemos aquí es lago no tan distinto de la ingeniería de precisión, en términos de visión y juicio: el minúsculo contorno de cada ladrillo está definido por la trama de los hilos.

[…]

Lo que es tan singular en este pequeño lienzo es que Velázquez realmente está ahí fuera, en el plácido jardín de la Villa Medici. Está atestiguando lo que ve con el pincel cargado y una sensibilidad extrema para el lugar, su atmósfera y su calidez, y para la suave luz del verano romano. Está pintado in situ, y las observaciones de los ojos son transmitidas directamente por la mano al pincel: literalmente una impresión y, de todas sus obras, la que más prefigura el impresionismo de dos siglos después.

[…]

Vista del jardín de la Villa Medici en Roma es uno de los cuadros de menor tamaño del Prado y uno de los más grandes. Es una pintura que no insiste en nada, que aprecia algo tan modesto como un muro, que hace un muro tan hermoso como una pintura. Quizá porque sobresale en tantas cosas ─es tan avanzada, tan radical y original─, los especialistas han sostenido que Velázquez debió de pintarla durante su segundo viaje a Roma en 1649, cuando tenía cincuenta años; de lo contrario, habría llegado a la cima de su evolución con poco más de treinta años. Pero ya la había alcanzado, y estaba justo ahí, después de todo, viviendo en la Villa Medici».

Vista del jardín de la Villa Medici en Roma

Diego Velázquez, Vista del jardín de la Villa Medici en Roma, 1630 ca., óleo sobre lienzo, 48,5 x 43 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

Es cierto que el “contenido histórico-artístico” pueda verse ─para conocedores de la obra del sevillano─ algo básico en su mayor parte, siendo ─quizá─ el propósito de Cumming realizar un estudio divulgativo de Velázquez. También es probable que, por ello, no existan errores de bulto en sus páginas, ya sea de documentación o rigor. Por ello. insisto, toda la parte “más de historia del arte” está muy bien escrita, siendo muy amena su lectura. Lo que falla es la trama y enfoque de la historia de Snare que convierte a Velázquez desaparecido en un batiburrillo de policíaco, ensayo, biografía, novela/novela histórica. No sabes muy bien qué has leído una vez la terminas.

Así es como llegamos al capítulo 17 ─«El fantasma de un cuadro»─ en mi afán por argumentar más lo anteriormente expuesto. En estas páginas la autora desvela sus cartas y es así como toman forma los peores augurios que uno iba murmurando conforme avanzaba en la lectura: la historia no es potente. Y eso que el texto que constituye el inicio de «El fantasma de un cuadro» es brillante y el lector lee con agrado las reflexiones de la crítica de arte en torno a todos los avatares que alimentan los distintos episodios de la larga vida de las obras. Resultando, de este modo, unas emotivas líneas sobre el arte perdido y el arte no deseado que queda condenado al olvido. Como durante toda la obra, la prosa de Cumming fluye cuando escribe sobre arte.

Sin querer resultar implacable, el siguiente capítulo me pareció una pérdida de tiempo, de relleno; no le encontré el sentido y pensé que podría haber sido articulado de otra forma o, incluso, haber sido colocado en otra parte de la trama, o en menos páginas. En definitiva, haber adoptado cualquier otra solución. Es hasta habitual que en la mayoría de libros ─en un ejercicio que me parece un poco soberbio─ uno crea que sobran páginas y no pasa nada, no hay ningún problema; mas aquí sí pasa, ya que estamos al final del libro. Llegado a este punto, sabes que te quedan veinte páginas y que la trama en torno a Snare no va a mejorar.

En mi modesta opinión, todo lo interesante y notable que es el “ensayo” sobre la figura de Velázquez queda deslucido por las limitaciones que Cumming tiene para novelar la historia de Snare. ¿O es la historia en sí que no es tan potente como presume el lector al inicio? Que, a mi modo de ver, aquí nos topamos con un problema, porque la responsabilidad recae en la autora por haber vestido e ¿inflado? con prosaicos ganchos la historia de Snare. Y es, además, donde se ven las carencias en esta faceta de Cumming y la razón que explica el difícil ejercicio de descifrar qué género corresponde Velázquez desaparecido. Pero en esto consiste la literatura, el arte y las distintas disciplinas, en ser estudiadas y juzgadas y llegar, si es posible, a un número alto y variopinto de conclusiones sobre las diversas creaciones.

En definitiva, Velázquez desaparecido se lee fácil y es una forma estupenda de querer a Velázquez y de entrar en contacto con él y su figura. Porque, eso sí, es muy difícil mostrarse indiferente a la pasión que desborda el relato de Cumming sobre «el más grande de los pintores». También de aprender una buena cantidad de hechos curiosos en relación con la historia y vida de las obras, de coleccionistas o instituciones. No niego que no cumplió mis expectativas, que eran muy altas por el atractivo binomio en el que se basaba el planteamiento de la autora. Y es, por ello, que, simplemente, me parece que Cumming brilla en lo suyo y flaquea en lo que no domina tanto; porque lo que aquí pretende no es algo sencillo de lograr.

ETA18330.jpg (650×1038)

Foto: Megustaleer.

Laura Cumming, Velázquez desaparecido, Taurus, 2016, 336 páginas. Enlace

Jorge Herralde en ‘Imprescindibles’

Hace poco más de un año acudí a tres jornadas sobre el mundo editorial en un marco incomparable: la Biblioteca Nacional de España. El ciclo El oficio de editar. 50 años después, con motivo de la exposición que estaba celebrando la sede en ese momento Los papeles del cambio. Revolución, edición literaria y democracia 1968-1988 ─comisariada por Jordi Gracia─, nos brindó la oportunidad a todos los asistentes de escuchar a tres figuras sin las que sería posible explicar el mundo del libro en España desde finales de los años 60 a nuestros días: Jorge Herralde, fundador de Anagrama; Beatriz de Moura, fundadora de Tusquets y Chus Visor, al que le debemos la poesía de Visor. El propio Jordi Gracia fue el encargado de charlar con el primero, Juan Cruz y Antonio Lucas con Beatriz de Moura y Chus Visor, respectivamente.

DzZPBFOXgAY1mnd (1328×747)

Un servidor, emocionado, charlando con Jorge Herralde en la Biblioteca Nacional de España

Hoy toca hablar de la primera sesión, la que corresponde a la historia de Jorge Herralde y la editorial Anagrama. Fue un día antes de mi cumpleaños, un día de San Valentín, y se podría decir que recibí el regalo por adelantado. A pesar de no ser una persona tímida, sí sentía un respeto mayúsculo y necesité el impulso de una buena amiga que me acompañó ese día para acercarme a charlar un par de minutos con él. Le pedí que me firmara el libro que estaba leyendo en ese momento, Plataforma, de Michel Houellebecq, del que, por supuesto, comentó algo; aunque no recuerdo el qué. ¿Qué iba a recordar yo? Si estaba como un flan. Sin embargo, puedo recordar una simpática anécdota a la hora de escribir la dedicatoria: «la reiteración es deliberada[1]».

DzZPBhqWwAIipC0 (1349×754)

La elección de Jordi Gracia fue muy acertada. Todo un conocedor de Anagrama que, a pesar de, seguramente, haber hablado de Anagrama con Herralde cientos de veces, repasó de manera formidable la historia de la editorial; con esa pasión que él transmite. Gracia, junto a otros grandes conocedores de Anagrama, fueron los protagonistas del último Imprescindibles. En un programa de casi una hora de duración, se repasa la vida de la editorial, que el año pasado cumplió 50 años, y que, sin duda, explica muchos de los hábitos de lectura e incluso corrientes de escritura de la España contemporánea. Aquellos que lo conocen y le han acompañado en su vida o en distintas etapas, cuentan quién es Jorge Herralde, cómo creó Anagrama, superó los momentos de crisis o distintos aspectos curiosos de su persona. Y, por supuesto, aquellas cualidades que le han hecho ser quien es: quizá el gran editor del mundo editorial español.

5525152 (1600×900)

Fotograma del programa. FOTO: RTVE.

Como es lógico, el programa al que primero pregunta por su propia vida y la historia de la editorial es a Herralde. Y, evidentemente, también se ofrece un protagonismo preferente a su mujer, Lali Gubern, a la que conoció en 1968 y que ha estado trabajando en la empresa desde 1987. De este modo, las motivaciones que llevaron al editor a fundar Anagrama y qué libros componían en su inicio el catálogo; cuándo llega la literatura con la que asociamos a la editorial; su proyección en América Latina, la larga vida de muchos de sus libros publicados o las fugas de autores más sonadas. Es curioso, sin embargo, cómo no se da espacio a la situación actual de Anagrama, que forma parte desde 2010 del Grupo Feltrinelli y cuenta con Silvia Sesé, quien relevó a Herralde en la dirección de la editorial en 2017.

Y, como se ha dicho previamente, en Imprescindibles intervienen una buena lista de nombres, personas que le conocen o que han publicado con Anagrama y dan testimonio de distintas vivencias o visiones en relación con el editor y Anagrama. Precisamente, cierro el rollo con dos citas sobre Jorge Herralde que me gustaron especialmente; de Álvaro Enrigue y Milena Busquets, respectivamente:

«[…] un pensamiento monolítico: desayunar editorial, comer editorial y cenar editorial. Y estar todo el día pensando en eso».

«Lo importante para un editor es ser el primero en publicar a alguien. […] Sí, Jorge Herralde ha perdido muchos autores, y es muy normal, y no se tienen que enfadar ni Jorge ni los autores; porque lo importante es que los descubrió Jorge. Los editores que nunca han perdido a ningún autor son malos editores. […] creo que un signo de ser un gran editor es más los autores que has perdido que los que has ganado, porque esos, si los ganas con el billetero, no tiene interés».

Estará disponible hasta el 16 de marzo y recomiendo encarecidamente que no se lo pierdan. Lo pueden ver aquí.

[1] El «gran» de la dedicatoria. Ver foto de abajo.

 

 

Viajes por el scriptorium

Paul Auster es uno de esos autores que no necesitan presentación; además, llevaría unos cuantos golpes al teclado escribir toda su obra. Así que vamos al “turrón”: segundo libro suyo que leo, y la misma impresión y valoración que con el primero. Su lectura, me termina por confirmar por qué Auster es uno de los tantos escritores célebres que, como consecuencia de tener una propuesta muy marcada, tiene una amplia legión de incondicionales y detractores ─una buena forma de comprobarlo es leer cualquier reseña de alguno de sus libros─.

Viajes por el Scriptorium es de esos libros que ansías reflexionar sobre él e indagar en distintas reseñas de lectores y especialistas, claro está, algo que he hecho nada más terminarlo, prácticamente. Los distintos textos sobre el libro me han ayudado a confirmar si estaba en lo correcto acerca de algunas cuestiones y a entender mejor el libro, en líneas generales. Porque, aunque sé qué tipo de escritura practica Auster ─“de qué palo va”─, tan sólo era mi segunda novela de él, lo cual es un error y creo que ha propiciado que no disfrutase e incluso entendiese la novela como debería; seguro que habiéndole leído más me hubiera ido mejor con este libro y mi valoración sería más positiva. Sí que el otro libro que leí, el primero de La trilogía de Nueva York, me permitió advertir que Auster estaba usando a personajes de otras obras en este libro ─algo clave para entender qué persigue el escritor con este trabajo─.

El libro me parece algo pretencioso ─creo que si sigo leyendo a Auster esta impresión irá a más─, ya son dos de dos los casos en los que valoro su obra de esta forma. Es, por ello, que me parece un ejercicio de metaficción algo fallido y un libro que despierta en mí el sentimiento de ser un trabajo meritorio, pero no meritorio a la vez. En general, Auster me crea sentimientos contradictorios. En este ejercicio de metaficción, uno alberga la esperanza de que la cabeza del Auster escritor se comporte y tenga los mismos dilemas aparecidos en el libro cuando está ante el folio en blanco en su piso de Brooklyn, confiando en una total sinceridad hacia el lector por su parte, algo iluso y, por tanto, poco probable creo yo, pero lo he leído con esa pequeña ilusión.

Y aunque recomiendo ─encarecidamente─ leer Viajes por el Scriptorium después de haber leído algunas obras de él, sí que, si uno se inicia con este libro, descubrirá quién es Auster y qué quiere con sus libros. Este escritor siempre juega con el lector, trabaja la escritura creativa, la creación literaria. Tal y como se iniciaba, es un escritor con un sello muy personal ─lo que no implica que tenga influencias y guiños evidentes en sus obras, lógicamente─, y pese a que no sé si “Auster es para mí” voy a seguir leyéndole, porque Auster es así: consigue que sucumbas a la propuesta narrativa que propone y resulta muy difícil no caer y seguir leyendo más trabajos suyos, ya que albergas la esperanza de hacerte austeriano. Veremos si lo consigue en futuros libros.

viajes-por-el-scriptorium_9788432221385

Foto: Planeta de Libros

Paul Auster: Viajes por el Scriptorium, BOOKET, 2013 (2006), 140 páginas[1].

Notas

[1] Se indica esta edición porque es la que se ha usado. Sin embargo, en España se España la obra fue publicada por primera vez por la editorial Anagrama.

 

El faro de Dalatangi

Axel Torres (Barcelona, 1983), uno de los referentes de la comunicación en el ámbito deportivo de nuestro país, ya había publicado dos obras anteriores al libro sobre el que versa esta humilde reseña; ambas muy futboleras: 11 ciudades. Viajes de un periodista deportivo y Franz. Jürgen. Pep. Y es que el fútbol en El faro de Dalatangi no es más que un pretexto para un relato autobiográfico con Islandia de telón de fondo[1].

Sin estar muy convencido al principio, a pesar de encontrarse en un momento idóneo para emprender una aventura así, Axel Torres, junto al periodista Víctor Cervantes ─quien no paró hasta convencerlo y que es autor de un capítulo del libro─, emprende una aventura vital para ambos ─cada uno con sus razones─. Viajarán a Islandia y compilarán la experiencia en forma de un libro caracterizado por toda una serie de conclusiones introspectivas y vitales del primero, acompañadas de grandes historias que también se plasman a lo largo del relato. En, por cierto, una edición muy cuidada, con un repertorio fotográfico impecable. Es posible que el lector piense, tras terminar la lectura de esta reseña, que no hay fútbol en este libro, ni mucho menos; hay grandes crónicas de fútbol que el lector a buen seguro bien disfrutará. Algunas de éstas se apuntan en la maravillosa entrevista que le hizo el formidable equipo de Ecos, que, asimismo, es un perfecto preámbulo a este texto [vídeo].

La enorme curiosidad que despertó en mí este libro propició que, en cierto modo, lo supiera todo acerca de él. Es decir, sabía qué le había movido a Axel a escribirlo o por qué emprendía este viaje en concreto, por ejemplo, por lo que mis expectativas con El faro de Dalatangi eran muy altas; un relato de alguien al que seguía en un marco geográfico espectacular, difícilmente igualable en su atractivo, y un momento personal de Axel, con una serie de preguntas “vitales” que él mismo necesitaba responderse que te generaban irremediablemente ya una empatía por adelantado con él. Algo que queda confirmado cuando uno lee la obra y se ve reflejado en muchas de las reflexiones que aparecen. Y, sí, tal y como era de esperar lo disfruté muchísimo, quedando atrapado por las historias contadas en sus páginas; de esos libros a los que siempre tendrás cariño, recordarás y, probablemente, volverás. Seguramente, no se convierta nunca en un clásico de la literatura de viajes, así como no deja de ser un libro muy sencillito ─el título no podría estar mejor escogido: Postales Islandesas del verano previo a la gesta futbolística─. Porque aparentemente es sólo eso, un breve e íntimo relato sobre un viaje, pero en el que, sin embargo, el paisaje, los personajes o las historias y anécdotas que lo componen, unido a la riqueza introspectiva de Axel, propicia que sea mucho más.

«[…] porque está tan lejos que pensamos que los problemas y preocupaciones no podrán perseguirnos hasta allí. En realidad está a cuatro horas de vuelo, y aquello que nos torturaba antes de partir nos acompaña también por las carreteras de paisajes lunares y géiseres humeantes».

Quizá debido a la alta e inevitable exigencia que tienes cuando te has creado muchas expectativas con algo, y, a pesar de que el montaje y estructura del libro me parecieron muy acertados, he echado en falta más profundidad, extensión e incluso detalle en algunas partes del escrito. Evidentemente, tanto Axel como Víctor Cervantes saben perfectamente lo que hay que contar y lo que no, así como lo que quieren hacer público en el libro, y es que considero que algunas entrevistas o anécdotas que en el viaje tienen lugar dan para mucho más. Incluso algunas veces pides a Axel que no termine tan pronto una determinada reflexión. No es fácil escribir y escribir sobre algunos sentimientos y pensamientos ─por lo duro que puede ser para uno enfrentarse a los mismos─, aunque en cierto modo en eso consiste el oficio de escritor y más siendo un libro que se podría calificar de autobiográfico. Tal vez el mejor ejemplo de esto sea el relato en el faro de Dalatangi y que da título a la obra. Precisamente, por la razón apuntada anteriormente de que era muy conocedor de los pormenores del proyecto de Axel, y, tras ver la profundidad con la que éste relata este episodio en el vídeo ─que ya había visto varias veces antes de leer la obra─, uno esperaba un mayor detenimiento y mimo en esta historia. Ésta es la razón por la que no me detengo en comentar distintas aventuras que se narran en el texto, son tan escuetas que el escribirlas por aquí podría destriparlas y privar al lector de la gran sorpresa, incluso fascinación, ante alguna de ellas: por lo alejado que nos puede parecer la mentalidad vital y futbolísitca de la sociedad islandesa tal y como está descrita.

Sí que el acierto que tuvieron ambos del momento escogido para viajar, el verano antes de la inolvidable gesta del país en la Eurocopa y, posiblemente, la causa primera del verdadero boom que se está dando con la isla de paisajes glaciares, con todo lo que eso conlleva ─ese año que viajaron no se encontraron ese masivo flujo de visitantes─ propicia que fuera aún más increíble obtener el testimonio del que sería el gran responsable de lo que ocurriría en términos futbolísticos: Heimir Hallgrímsson, dentista y seleccionador del equipo que conquistaría Francia y a multitud de aficionados que siguieron uno de los torneos menos atractivos que se recuerdan en los últimos años. Un aspecto muy interesante es la estructura futbolística de funcionamiento del fútbol en la isla y las múltiples dificultades y condicionantes a los que tienen que hacer frente. También me llamó mucho la atención la cantidad de españoles que han ido a jugar allí y cuyo testimonio queda recogido. Sin embargo, es probable que el pasaje más entrañable del libro es el que escribe Víctor Cervantes, un tipo que está obsesionado con Eiður Guðjohnsen ─exjugador islandés del Chelsea y F.C. Barcelona, entre otros─ y que supo transmitir bastante bien lo mucho que significaba para él tener la oportunidad de charlar con el padre del ariete.

Todo el relato está hecho desde una óptica exageradamente realista, lo cual me ha gustado mucho: «En realidad, la carretera desértica no era el problema. Porque no estábamos en la carretera, sino que transitábamos por la carretera. El lugar en el que estábamos de verdad era el automóvil». No se ve adorno “poético” alguno, y quizá otros escritores hubieran sucumbido a cualquier intento de maquillar y darle tintes grandilocuentes a unas historias tan buenas. Por supuesto, que las ganas locas de ir Islandia te entrarán leyendo este libro, sobre todo, insisto, porque se convierte en una guía de viaje perfecta de cómo afrontar las distintas dificultades y maravillas que componen una aventura de esta índole. Así como te prepara para un país que a buen seguro nos es muy diferente, perfecto ejemplo de la diversidad que podemos encontrar a lo largo y ancho del continente europeo. Es tan fácil que te toque todo lo que se cuenta en la obra: las distintas reflexiones y preguntas a las que tenía que dar respuesta con el viaje, todos los sentimientos o pensamientos, todo como vía de escape, de solución al momento existencial tan delicado que Axel vive. Es tal la situación vital descrita por el autor, que incluso la aventura en sí queda como algo menor en comparación con todo lo que le ocurre a Axel. Al menos así fue mi lectura y vivencia con El faro de Dalatangi.

«Ésta es la dimensión exacta de tu confusión y de tu pelea con el mundo. Y hasta aquí has llegado para encontrar algo que no sabes ni qué es».

Faro

Foto: CONTRA

Axel Torres: El faro de Dalatangi, Contra, 2017, 240 páginas. Enlace

Notas:

[1] Las tres obras están publicadas por la editorial Contra.

Crítica y ficción

Intentar reproducir o interpretar la lucidez y brillantez de alguien como Ricardo Piglia (Adrogué, 1940 – Buenos Aires, 2017) sería muy ingenuo ─por no decir estúpido─ por mi parte. Todavía más si es con Crítica y ficción, donde la carga de erudición y conocimiento expuesta por el escritor argentino es abrumadora. Lo más inteligente, sin lugar a dudas, es recomendarlo y darlo a conocer a amigos, en redes sociales y demás.

Crítica y ficción da nombre a toda una serie de entrevistas compiladas y revisadas por el propio autor. Incluso manipuladas, como él mismo apunta en la nota final:

«[…] quiero señalar que los que realizaron las entrevistas son tan autores de estas páginas como yo mismo. Ellos definieron el tono de los diálogos y marcaron el sentido de las respuestas. También quiero aclarar que no tienen ninguna responsabilidad en los cambios o las alteraciones que han sufrido los materiales publicados originalmente»

«Posdata de 2000. En las sucesivas ediciones de este libro he ido incorporando nuevos diálogos y nuevas interpretaciones. Supongo que ésta es la versión definitiva y que el conjunto puede ser visto ahora como la repetición imaginaria de una experiencia real».

En esta obra del autor de Respiración Artificial, El último lector o la celebrada autobiografía en tres volúmenes Los diarios de Emilio Renzi, la literatura, la teoría de la literatura o la estética se citan en este agudo análisis donde, más siendo entrevistas, se ponen de relieve los temas y distintos géneros, las influencias y, por supuesto, autores que tienen su eco en su dilatada trayectoria. Así, como es obvio, se indaga en su propia trayectoria y los trabajos que le han encumbrado a una figura capital de finales del siglo XX y XXI de la literatura de su país.

De la obra, que estoy reseñando meses después de finalizarla ─verano del 2018─, me vienen rápidamente dos ideas en forma de conclusión que yo obtuve con mi lectura: la imprescindible disección de Borges y su obra, y la admiración que éste sentía por toda una nómina de autores argentinos, al que le agradezco que me haya dado a conocer a los dos últimos ─Arlt, Sarmiento o Macedonio─. Desarrollaré únicamente el primer punto. Borges está presente a lo largo de todo el texto[1] ─se le dedican además dos capítulos─, pero realmente me fascinó su análisis del Borges como crítico. Al lógico y reiterado elogio al que tanto estamos acostumbrados, y, esto es una impresión mía, considero que es el autor más alabado, respetado y nombrado por la crítica literaria del siglo XX de todos los escritores de habla hispana. Piglia realiza una minuciosa descripción de la labor que éste tanto práctico. De forma brillante, claro:

 «Borges era un extraordinario lector, ésa es su marca, creo, y su influencia. Un lector miope, que lee de cerca, que pega el ojo a la página, hay una foto en donde se lo ve en esa postura: la mirada muy cerca del libro, una mirada absorta, que imagina lo que puede haber en esos remotos signos negros. Una lectura que ve detalles, rastros mínimos y que luego pone en relación, como en un mapa, esos puntos aislados que ha entrevisto, como si buscara una ruta perdida. En el fondo ha leído siempre las mismas páginas, o la misma página y los mismos autores, pero veía siempre cosas distintas según la distancia en la que se colocaba».

Con el “pretexto del Borges crítico”, en estas páginas Ricardo Piglia alude a la habitual resistencia de tomar como críticos a los escritores. Al menos a hacerlo dentro del marco de la crítica. También de estas páginas se obtiene una abrumadora e impactante reflexión; a ojos del autor, en una difícil asociación de autores y formas de escritura, cita a Thomas Mann como alguien al que atribuye toda la serie de estereotipos sobre Borges que tuvieron como resultado no otorgarle el Premio Nobel ─«que si su literatura no tiene alma, que en su literatura no hay personajes, que su literatura no tiene profundidad»─, todo esto conducía a una mala lectura de su obra. Asimismo, y a pesar de que estamos en las páginas correspondientes al “Borges crítico”, se deslucen proyecciones fabulosas sobre éste:

«Me parece que es necesario desconfiar de lo que Borges dice: desconfiar de lo que dice tratando de captar el mecanismo. Porque si tomamos estos ejemplos[2], creo que podríamos inferir uno de los grandes pilares de la crítica borgeana, lo que en muchos sentidos yo llamaría lo borgeano mismo[3]: la idea de que el encuadramiento, lo que podríamos llamar marco, el contexto, las expectativas de lectura, constituyen el texto. Esto es, por un lado, una teoría del género. Si digo que le voy a contar un cuento de terror, lo estoy preparando para que lea el terror. El marco es un elemento importantísimo de la constitución ficcional. En Borges la ruptura del marco es un elemento básico de su propia ficción».

Si hay algo que me gusta de Piglia, más bien que me ocurre con él, es que, dentro de mi incipiente y básica cultura literaria en formación, me confirma que algunos de los pensamientos que puedo ir desarrollando con mis lecturas no van del todo desencaminados. Ya sea con determinados autores o, además, en una comunión de gustos e inclinaciones por distintas narrativas. Respecto a esto último, me sentí muy identificado sobre su querencia por determinadas decisiones que toman los escritores en sus obras y las consecuencias que éstas pueden acarrear al escritor. Piglia se refería a aquellos que critican, que les sorprende, que trabaje con ideas, reflexiones, que pongan una pausa[4] en el transcurso de la trama principal de la novela. Y alude a quienes de verdad introdujeron esas modalidades ─Cervantes o Joyce─ «Uno de los capítulos del Ulysses de Joyce que a mí me parece más extraordinario es el capítulo de la biblioteca, donde hay toda una discusión complejísima sobre Hamlet». Esto que algunos llaman metaficción ─término que acuñó el entrevistador─ y que el propio autor discute. A mí es algo que me gusta encontrarme en las novelas, algo muy propio de Javier Marías, por ejemplo, y que hace que sea una de mis debilidades y predilecciones. Y es cierto que el resultado que consiguen los autores entre los distintos tipos de lectores es desigual, y la frase que le reprochan al propio Piglia la escucha uno también cuando habla de los libros de un determinado escritor. No obstante, los Grandes son los que consiguen atraparte sobre temas que, a priori desconoces y no te interesan. Es aquí cuando el autor alude a su experiencia como lector de Hemingway y la fijación de éste por los toros o el boxeo. Y todo esto, que no deja de ser una tontería, propicia que mi conexión con el propio Piglia se dé; porque, al igual que con los amigos, también con los escritores se pueden establecer conexiones especiales que nos hagan situarles como los elegidos. Y este es un ejemplo que me encontré con la lectura de esta obra, y no es la primera vez que me pasa.

De una compleja ─por lo “saludable” de lo apuntado por Piglia─ relación entre la vida y la literatura, se esboza una gran definición sobre la novela «La tensión entre la literatura y vida ha sido clásicamente, desde Cervantes, desde Flaubert, el tipo de debate que ha desarrollado la novela (la novela es ese debate en realidad)». Y es en estas páginas cuando se ve cómo afrontaba el escritor el ejercicio de la escritura ─algo que le llevó a momentos complicados y consecuencias graves en su vida que no quiero esgrimir en esta reseña─, ya que afirma que para él la literatura era mucho más atractiva y seductora que la vida; aludiendo, sobre todo, a una cuestión de la intensidad que se consigue con ésta. Unas declaraciones que también recogían la salud que tenía la literatura, la escritura, en la sociedad según él. Afirma que el escritor siempre va a tener que lidiar con que a la sociedad le cueste entender la improductividad del arte, en relación con el rédito económico. Citando a Marx, va más allá, indicando que incluso la sociedad siempre aspirará a la muerte de la literatura, ésta escapa a la racionalidad y postulados capitalistas.

Como todo sabio ─usando este término en su connotación positiva y no la denostada de nuestros días─, “asusta” la capacidad de leer la realidad que le tocó vivir y adelantar lo que se venía. Un visionario que afirma que libros como Rayuela o Ficciones son inviables a día de hoy, haciendo una enérgica defensa y alabanza a los editores de aquellos días, algo en lo que insisten tantos escritores hoy en día. Y es que la literatura no puede resultar indemne a las dinámicas de rédito comercial y económicas ilimitadas y que terminan con todo. Piglia pensaba eso de la primera por lo desconocido que era Cortázar cuando la publicó y su alto número de páginas. Respecto a Ficciones¸ lo atribuye a que los editores verían que resultaría una lectura complicada, compleja: un ejercicio intelectual. «No es negocio». A estos argumentos le siguen unas duras palabras respecto al Premio Planeta ─vaya sorpresa─. A mis veinticinco años, esto no sé si me consuela un poco o, por el contrario, ahonda en mi pesimismo sobre el futuro de las letras. A veces, por ser joven, pienso que todo lo que ocurre es fruto de procesos cortos, de apenas unos años ─no hay que olvidar que este libro estaba escrito en 1986─ y puedo comprobar que no, pero el ejemplo del Planeta o la situación que retrata el propio Piglia de que no vive de la literatura, tenía que reunir ingresos por distintos medios. Ése no era un mundo dominado por Internet y, sin embargo, un reputado escritor como Piglia tampoco vivía de las ventas de sus libros. Aunque probablemente estoy simplificando algo que no es tan sencillo[5].

Muchos son los temas aparecidos en Crítica y ficción que se quedan fuera de esta reseña ─el cómo casa lo social con la literatura, la relación entre la literatura y el cine, el despiece sobre el género policial, distintas cuestiones sobre el panorama literario argentino, los capítulos dedicados a Faulkner o Cortázar, la figura del narrador, del lector, etc.─, pero Piglia es un autor muy dado a hablar en público ─hay mucho material audiovisual de él─ en donde se pone de relieve sus excelentes cualidades de oratoria y su clarividencia de discurso. Estoy seguro de que quien dude en si iniciarse en el “Universo Piglia”, quedará convencido tras observar su extraordinario manejo de la situación y lo enriquecedor que puede resultar al público receptor. De todas las ausencias de temas enumeradas al comienzo de este párrafo no reseñadas aquí, posiblemente, la más grave sea la escasa referencia a las continuas, abundantes, disertaciones del propio Piglia sobre las letras argentinas. Quizá me vi no apto para desarrollar o comentar sobre la producción argentina.

Soy muy dado a leer libros de entrevistas, conversaciones, de grandes autores; ni qué decir los diarios o memorias. No obstante, y a pesar de que soy muy curioso y mitómano y siempre tengo una cierta base del autor en cuestión, creo que son libros muy enriquecedores. Aparte de apasionarme, siempre me son útiles para seguir conociendo al escritor. Es más, nunca he leído este tipo de libros habiéndome leído toda la obra de un autor, tampoco en este caso de Piglia, sin embargo, si ya has leído algo de éste y tienes, por tanto, un cierto acercamiento, sacarás más partido a las obras que te queden por leer, ya que, además del conocimiento que has podido desarrollar, te dan a conocer la faceta humana, las inquietudes y, en muchas ocasiones, retratan qué han querido decir o buscar con un trabajo en concreto. De este modo, vuelves a pensar ─tras leer el testimonio del propio escritor─ en cómo habías interpretado la lectura. Disfruto este tipo de lecturas porque además son muy amenas, ya sea en forma de diario personal o en forma de conversaciones ─mejor aún si los “conversadores” van cambiando como en Crítica y ficción─. Es algo lógico si nos paramos a pensarlo, siempre deseamos saber y conocer más de aquellos que nos llaman la atención y en estos casos se tratan de personajes lúcidos que rezuman sabiduría y hacen de la lectura un ejercicio muy productivo.

Pregunta: «Leyendo sus libros y alguna declaración encuentro que aparecen como dos sentimientos opuestos; por un lado la conciencia de lo ridículo del acto de escribir, la burla ─el escritor como clown─; pero al mismo tiempo algo así como la sublimación de la escritura hasta que puede llegar a decir «sólo lo que me interesa es literatura». ¿Cómo se resuelve todo eso?».

Respuesta: «De algún modo por ese lado pasaría la relación entre la escritura y la vida. Y ésta es una cuestión de la que se viene hablando desde que la literatura empezó. Curiosamente, es como si instantáneamente se estableciese esa relación que, por supuesto, no tiene ningún sentido. De todos modos la escritura tiene una ventaja sobre la vida, porque en la escritura se pueden hacer borradores. Todos hemos pensado alguna vez qué hubiera pasado si nos hubiésemos acercado a esa mujer de otra manera, si hubiésemos hecho un gesto que no hicimos… pensamos en haber vivido lo que se vivió como si fuese un borrador, algo que puede ser transformado. La escritura es el lugar donde los borradores de la vida son posibles, tal vez por eso se hace literatura. Ahora, eso al mismo tiempo es muy ridículo. Eso es ser un clown, porque supone algo tan irrisorio como pretender que se puede reconstruir en una especie de laboratorio y con palabras la experiencia. Y es ridículo pero tiene, sin embargo, una carga de pasión que hace que escribir sea una de las experiencias más intensas de la vida. Eso explica de algún modo esa ambigüedad a la que se refiere».

P326756
Foto: megustaleer

Ricardo Piglia: Crítica y ficción, Debolsillo, 2017 (1986), 224 páginas*. Enlace.

*Originariamente, la obra fue publicada por Anagrama en el año 2006, una edición que creo que todavía se puede conseguir.

Notas:

[1] También ocurre con los tres autores citados, por ejemplo, Roberto Arlt encabeza las primeras páginas del libro con el capítulo de preguntas referidas a él.

[2] El entrevistador alude a distintas secciones que hace Borges sobre la literatura fantástica, su idea de la Enciclopedia Británica o los clásicos.

[3] La cursiva es mía.

[4] Tanto el término como la cursiva es mía.

[5] Empero: «Vivo de la literatura pero no de la escritura, o si se prefiere, me gano la vida leyendo. En los últimos quince años he trabajado alternativamente como asesor editorial o enseñando literatura».