Rialto, 11: naufragio y pecios de una librera

Me encantan los libros que van sobre librerías. Así que conocía y tenía muchas ganas de leer Rialto, 11. Antes de adentrarme en sus páginas, imaginé una descripción alejada del romanticismo habitual con el que se asocia este a negocio; por ello, la obra se centraría en demenuzar la cruda realidad de tener una librería. Por supuesto, con una especial fascinación por este lugar habitado por libros. Y, efectivamente, no me equivoqué, mas no imaginé que todo esto sería llevado a tal extremo. Es imposible permanecer indiferente a la multitud de trabas que Belén Rubiano encontró para llevar a buen puerto un propósito tan noble como vivir de una librería. Hay lucha, trabajo y fe en la andadura de esta librera. Yo ─por razones que no vienen al caso─ ya tenía claro que, de modo alguno, estaría al frente de algún negocio; empero, créanme que me haría feliz tener una librería que funcionase y que ese hormigueo nunca termina de irse. En definitiva, como tantos deseos que uno no muy abiertamente comparte consigo mismo pero que sabe que alberga. Sin embargo, no soy ningún ingenuo y sé cuál es la situación de las librerías españolas. Bueno, esta apreciación podría incluir a muchos comercios locales, modestos. Dejando atrás este rollo que, seguramente, importe poco a quien lea este texto, Rialto, 11 termina con las ilusorias esperanzas que uno pueda tener de vivir de una librería. Y eso me gustó. Rubiano cuenta en qué consiste el oficio de librero y desglosa la parte más laboriosa que éste tiene que cumplir. Porque, por si alguno lo dudaba, tener una librería no es sólo vender libros, lanzar recomendaciones o tener conversaciones sobre literatura con clientes habituales.

«Allí aprendí una lección que no supe valorar como hubiera debido hasta cerrar la mía propia. Las librerías no son un negocio, puesto que no tienen una rentabilidad económica que las haga merecedoras de ese título, pero están sometidas, sin embargo, a las mismas lesiones monetarias y tributarias que otros comercios. Pagas alquiler, suministros, mantenimiento, consumibles, impuestos, sueldos, seguros sociales y un número inagotable de gastos a cambio de un mísero treinta por ciento en el mejor de los casos».

Rialto, 11 son las memorias de una librera. Belén Rubiano cuenta en primera persona cómo vivió eso de estar al frente de una pequeña librería en Sevilla. La experiencia duró cinco años; que dieron para mucho. No hago ningún spoiler cuando anuncio que el negocio cerró, que no tema el lector de esta reseña. Ya se encarga la contraportada y su autora en recordar constantemente desde el comienzo de las páginas que Rialto fue una historia que terminó. Me resultó muy interesante que en distintas partes del libro Rubiano entre en errores que ella, con la ventaja que da la perspectiva del tiempo, cree que cometió. Sin embargo, ésta es la segunda de las partes en las que se organiza el texto, ya que a la misma le anteceden unas setenta páginas que se centran en la experiencia de la autora vendiendo libros para otra persona: la singular y extravagante señora de Burgos. Curiosamente, no ofrece en ningún momento el nombre de dicha tienda. Esta primera parte ejerce de antesala para lo que vendrá después, y ya uno se carga de razones para entender las reacciones a distintas coyunturas que se dan en Rubiano estando al frente de Rialto. Puedo afirmar que me pareció más entretenida esta primera parte, que encontré realmente divertida gracias a la soltura y frescura con la que la autora cuenta esta experiencia. Si tengo en cuenta sólo esto, podría pensar que el libro es un fracaso, pero para nada lo siento así; aunque sí que debo de reconocer que esto me desconcierta. Con apenas veinte años, y con no poca convicción y una admirable capacidad de superación, Belén Rubiano trabajaría en una de las varias tiendas que tenían la señora de Burgos y su marido. Según cuenta quien lo padeció, fueron tiempos de trabajo duro soportando no pocas zancadillas, humillaciones y abusos de quien le pagaba. No sólo Rubiano se sentía así, sino que la señora de Burgos era capaz de hacer sentir así a todo el personal en nómina. Pero insiste en hacer saber al lector que el amor a los libros todo lo podía ─de forma literal─. De este modo, se muestra la hoja de ruta que emprende el libro: una sucesión de momentos delirantes protagonizados por personajes de todo tipo, desde ilustres a estrafalarios, con los que Rubiano tiene que lidiar.

El libro se lee rápido y resulta muy ameno. La escritura de Rubiano se lo pone fácil al lector, así como la estructura en la que se organiza el libro, en forma de breves y cuantiosos anecdotarios que vivió la librera regentando Rialto, 11. A propósito de esto, uno, en ocasiones, se siente culpable de encontrar divertidos ciertos episodios que para nada lo son. Esto lo consigue Rubiano con una fina ironía que exhibe desde principio a fin. Y una filosofía apreciable para encajar. O, mejor dicho, es admirable cómo encuentra el humor a distintas situaciones. En cuanto me sumergía por las páginas del libro le daba bastante a la cabeza sobre cómo actuar, decidir o tomarse las cosas que a uno le salen al paso en la vida. Sí le puedo asegurar al lector que albergará buenos deseos hacia su autora, teniendo la esperanza de que le esté yendo bien a día de hoy; al menos me consta que el libro ha funcionado bien. Envidio de forma sana a personas como ella, que tienen la capacidad de echarle valor e intentar cumplir sus sueños, por remotos y complicados que éstos puedan parecer. Y que no lo hacen de forma inconsciente, sino sabiendo que puede salir mal y que no pocas veces no hay final feliz. Y que la carga emocional y vital de que esto pase es tremenda: desde la dificultad económica al pesar de la nostalgia. Nadie le quitará a Rubiano que lo intentó, que fue feliz y que, sin duda, aprendió a ver la vida. Y nadie le quitará que vivió, no sin dificultades, de los libros y entre libros, y eso es maravilloso.

«Creo que una de las cosas que nos salvan de esta locura que es pensar sobre la propia vida y las decisiones tomadas en encrucijadas es que nadie nos podrá asegurar nunca, con pruebas fehacientes, que haber hecho algo distinto hubiera sido mejor».

Debo confesar que he tenido un problema con el libro. En un momento dado me produjo cierto hartazgo todo lo que le ocurre por su excesiva bondad e ingenuidad. Que quede claro: yo no juzgo ni a Belén Rubiano ni a nadie, faltaría más, sólo estoy contando mis impresiones como lector, algo que se hace cuando leemos; tanto si es para bien como para mal. Es decir, cómo es la relación entre el lector del libro y la autora del mismo; a partir de cierto punto no congenio con ciertos comportamientos y decisiones relatadas por Rubiano que se repiten en más de una ocasión. El lector de esta reseña notará que se trata de valoraciones exclusivamente personales del que escribe, y bien que hará de tomárselo así. Es más, me atrevo a pensar que no actuaría de un modo muy distinto a no pocas reacciones ─con personas y situaciones─ que la autora escribe. Y no puedo descartar que el que haya terminado cansado de que todo le pase a ella sea por el momento en el que me encontraba al leer el libro. Toda la sucesión de hechos narrados por Rubiano hace que termines empatizando con ella y viéndola como alguien entrañable.

«Pasaron algunos años, muy pocos, y con ellos muchas cosas. Las mismas que se viven de una manera y se piensan luego de otra. Es lo que tiene andar recordando tu propia vida según los hechos, que no acabas nunca de inventártelos».

Eché de menos más literatura, más conversaciones de libros y personas. Es realmente sorprendente lo poco que se habla ─con un cierto desarrollo me refiero─ de autores y obras. Me hubiera gustado más capítulos como «Él lee, ella lee», por ejemplo. Para mí esto es decisivo en mi valoración sobre el libro. No puedo obviar que en su mayor parte son las vivencias de una librería con todo tipo de personajes ─sí, utilizo convencido el término─ y que en pocas de ellas los libros son plenamente protagonistas. Sólo así soy capaz de explicar el planteamiento de la autora, que es algo intencionado priorizar episodios de cualquier índole y no hablar tanto de libros. La intención se me escapa. Como he dicho, hay partes formidables que muestra los entresijos del oficio, Rubiano consigue plasmar muy bien cómo funciona la relación con las distribuidoras o editoriales, pero incluso hasta experiencias laborales suyas adicionales a Rialto, y que también están ligadas a los libros, es el caso de la colaboración de Rubiano en suplementos literarios o sus intervenciones en la radio, la autora los desarrolla con detalle pero sin tampoco entrar a hablar de episodios relacionados con los libros. Es curioso. Y a mí esto me decepciona, lo eché de menos. No creo que exagere si digo que no hay ninguna conversación memorable entre librera y cliente sobre libros, lo cual no entendí.

«Muchas mujeres no comparten que lo que se puede contar en trescientas páginas alguien lo haga con un poema y no sea, en sí mismo, algo malo. A los hombres, en general, esto mismo les parece admirable y yo lo comparto. Un hombre ni siquiera necesita un poema para convencerse de que necesita un libro. Le basta, os lo prometo, un verso bueno».

«Por fin, los andaluces no tendremos que coger el AVE para ir a comprar libros y…». Éste fue uno de los episodios narrados por Rubiano que más me impactaron. Fueron las palabras de la Concejala de Cultura de turno de la Junta de Andalucía en la inauguración de la que fue la primera Casa del Libro en Sevilla. La reacción de Rubiano, que, lógicamente, no voy a contar, es ejemplar. Cuánto se puede entrever en esta frase. Evidentemente, al ser la experiencia de una persona que ha regentado una librería, se pone de relieve los problemas que acucian a la venta de libros y, especialmente, a las pequeñas librerías. Igual o más ilustrativo es el final, que me gustó mucho, por cierto, que enseña todo el romanticismo existente en torno a estos lugares que, francamente, no muchos apoyan. Invito a quien piense que exagero a que eche un vistazo a cualquier informe que trate la situación de las librerías en España. Y eso que Rialto, 11 está escrito antes de la irrupción digital de la Internet, redes sociales y, sí: Amazon. El tono del libro es muy lineal: son historias variopintas que transcurren en una librería narradas en un estilo amable, lo cual es un ejercicio de coherencia. Pero lamenté que no hubiera cierta profundidad, desarrollo o seriedad en algunas cuestiones que se prestaban a ello. Como, evidentemente, la complicada situación de las tiendas de libros en España. Ella lo quiso así y hay que respetarlo, mas podría haber sido de ayuda poner en el papel todo lo que, a partir de su experiencia, piensa acerca de ciertos temas. Un poco de crítica seria. Yo lo he visto como un ejercicio de excesiva atribución de responsabilidades por parte de Rubiano, de no querer encontrar culpables en “agentes externos”, pero su libro podría haber contribuido a un ejercicio de reflexión acerca de un sector que lleva años atravesando dificultades. No obstante, es un libro enteramente personal, y no hay mucha lógica en que cualquiera entre en meterse en el enfoque y planteamiento de la obra. Rialto, 11 funciona y es un libro que está gustando. Se lee en dos tardes y estoy seguro que cualquiera que se acerque a él disfrutará de este relato vivaz y de la personalidad tan especial que lo protagoniza.

«[…] monté mi librería, la cerré, terminé de pagarla con sus intereses de demora algunos años después y aún la añoro, pero mereció la pena. Se anhela lo que nunca se ha tenido y se añora lo que se tuvo y se perdió. Hay tanta buena suerte en todos los rincones del verbo añorar que si la juventud no está para arruinarte por pagar su uso, no sé para qué otra cosa puede valer. De verdad que no».

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Foto: Libros del Asteroide

Belén Rubiano, Rialto, 11, Libros del Asteroide, 2019, 240 páginas.

 

Bartolomé Esteban Murillo en el Museo del Prado

La colección de obras de Bartolomé Esteban Murillo del museo es amplia y relevante, imprescindible para entender al artista, pero no sé si sorprende que el artista esté únicamente representado en dos salas ─16 y 17─ de la colección permanente del Museo del Prado. Por ser meticulosos, el artista también está presente en la salas 16A y 18, con dos notables retratos que habitualmente están expuestos y no rotan.

Nicolás Omazur

Bartolomé Esteban Murillo, Nicolás Omazur, 1672, óleo sobre lienzo, 83 x 73 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

Murillo, sin casi salir de su Sevilla natal ─a excepción del crucial viaje a Madrid en el que conoce las colecciones reales─, consigue ser un pintor central del siglo XVII a partir de lograr desarrollar lo más difícil: un estilo muy personal, singular e identificable. Murillo es el pintor de lo humano y, definitivamente, hay pocos ejemplos de artistas que conecten de esa forma con el público. Sus escenas están protagonizadas por personajes corrientes fácilmente identificables, que Murillo toma de la Sevilla en la que vive. Porque la pintura de Murillo está caracterizada por una belleza amable que, me atrevo a decir, consuela y es bálsamo. Y eso que, como cualquier otro habitante de la Sevilla de ese tiempo, el pintor sufre de lleno las terribles repercusiones de la peste de 1649. Si Murillo es el pintor de lo humano es porque también se acuerda de los estratos más desfavorecidos, de los olvidados, que protagonizarán sus escenas de género, populares, de vida cotidiana. Un evidente recuerdo de, como se ha apuntado, la devastadora peste que asoló Sevilla. Sin embargo, a pesar de la relevancia de la colección de Murillo del Prado, el museo no cuenta con composiciones de este temática comparables a las de, por ejemplo, Alte Pinakothek o Louvre.

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Bartolomé Esteban Murillo, Niños comiendo uvas y melón, 1650 ca., óleo sobre lienzo, 145 x 103 cm, Múnich, Alte Pinakothek.

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Bartolomé Esteban Murillo, Joven mendigo, 1645 ca., óleo sobre lienzo, 134 x 110 cm, París, Musée du Louvre.

Pero Murillo también se servía de estos personajes corrientes, identificables, para hacer llegar con facilidad el mensaje religioso. Crea así toda una iconografía propia que traduce en imágenes importantísimas de devoción popular. Y aquí sí que el Museo del Prado posee ejemplos soberbios como El Buen Pastor o dos de mis obras predilectas ─no sólo de Murillo sino de toda la colección permanente del Museo─ como La Sagrada Familia del pajaritoLa Adoración de los Pastores. En esta última, personajes humildes, de marcado naturalismo, que tienen los pies sucios, pueblan la escena. Son modelos que nos recuerdan a Ribera y, por ende, al propio Caravaggio.  

En relación con La Sagrada Familia del Pajarito, nuestra percepción de la obra es ahora completamente diferente debido a la extraordinaria restauración de 2016. Nuevamente, lo dicho anteriormente está presente; Murillo pinta un episodio de la infancia de Jesús de modo cercano, logrando una admirable ternura y cotidianeidad con detalles como el jugueteo de Jesús con el pajarito y el perro. Esta composición siempre me ha inspirado mucha paz. Desde luego, es una obra que responde plenamente a lo que está pintando Murillo a mitad de siglo.

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Bartolomé Esteban Murillo, La Adoración de los pastores, 1650 ca., óleo sobre lienzo, 187 x 228 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

Sagrada Familia del pajarito

Bartolomé Esteban Murillo, La Sagrada Familia con el pajarito, 1650 ca., óleo sobre lienzo, 144 x 188 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

El Buen Pastor (1)

Bartolomé Esteban Murillo, El Buen Pastor, 1660 ca., óleo sobre lienzo, 123 x 101 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

Los cuadros de Murillo están caracterizados por una extraordinaria sensibilidad. Quizá, el mejor ejemplo de ello es La Virgen del Rosario, icono absoluto de devoción popular, que se suma a La Sagrada Familia del pajaritoLa Adoración de los Pastores como mis favoritas de la colección que tiene el Museo del Prado. Viendo el modelo, quien la contempla puede pensar, como es inevitable en este tema, en Rafael; sin embargo, Murillo lleva a cabo una composición de mucha personalidad. La dulzura típica en el artista logra esta prototípica representación del amor de la Madre al Hijo. Además, esta versión que cuelga en las paredes del Prado, es muy interesante, ya que en esta ocasión el Niño aparece de pie abrazado a la Virgen, renunciando el artista a colocarlo sentado en el regazo de la Madre ─como había hecho en versiones anteriores─. Sin duda, destaca un manejo impecable del color ─en el que la combinación elegida crea un curioso contraste─. El pintor prescinde del paisaje, domina la escena un fondo neutro al estilo de Caravaggio o Ribera ─así como incorpora a la obra un fuerte contraste lumínico─, al artista le interesa que el espectador se conmueva con el fervor religioso que respira la escena y que sea en lo único en lo que se fije. Desde luego, si uno analiza la resolución formal propuesta aquí por Murillo, coincide plenamente con todo lo que el artista estaba pintando en este periodo.

La Virgen del Rosario

Bartolomé Esteban Murillo, La Virgen del Rosario, 1650-1655 ca., óleo sobre lienzo, 166 x 112 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

Es evidente que en el imaginario popular a Murillo se le asocia con sus vírgenes, también iconos de devoción popular. Hay que decir que dos ejemplos bellísimos, como La Inmaculada del Escorial y La Inmaculada Concepción, que, además, el Prado data muy próximas entre sí, no están habitualmente expuestos. Ambas no pueden ser más delicadas. No obstante, en lo que al Prado se refiere, hay una que destaca por encima de todas: la célebre Inmaculada Concepción de los VenerablesLa Inmaculada de Soult[1] sirve para ilustrar el expolio de cuadros de Murillo por los franceses. Asimismo, el cuadro batiría récords de cotización a mediados del siglo XIX cuando es comprado por el Museo del Louvre, y en donde el cuadro estará colgado hasta 1941; fecha en la que se realiza el intercambio con el Museo del Prado, que daría a cambio el retrato de Doña Mariana  de Austria, que a día de hoy se considera copia de la pintura de Diego Velázquez. La Inmaculada Concepción de los Venerables es una obra imprescindible para entender el estatus alcanzado por Murillo en los siglos XIX y XX. Y es que la posición de Murillo en el siglo XX en el mundo del arte poco tenía que ver con la alcanzada en la centuria anterior. Tiene lugar una cierta depreciación de los cuadros del artista que, seguramente, y entre otras razones que dieron forma a las negociaciones entre los gobiernos de Franco y Pétain, claro está, explica que el intercambio entre ambas instituciones museísticas se llevase a cabo.

La Inmaculada es soberbia. Murillo pone de relieve un manejo prodigioso de la iluminación, sólo hay que ver el plano inferior derecho: Murillo crea “dos mundos”. Y, por supuesto, el volumen y el color: ese azul es uno de los más bonitos de todo el museo.  Nuevamente, Murillo logra un contraste con el blanco y azul muy llamativo. En este sentido, experimentamos en la sala 16 lo mismo que con La Virgen del Rosario. La luz  da forma a la composición celestial, impregnada de esa característica vaporosidad y cierto diluir en las formas propias de esa etapa final con marcadas reminiscencias venecianas. Estamos ante una obra cumbre en la producción del pintor sevillano.

La Inmaculada Concepción de los Venerables

Bartolomé Esteban Murillo, La Inmaculada Concepción de los Venerables, 1660-1665, óleo sobre lienzo, 274 x 190 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

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Como se ha dicho anteriormente, Murillo sólo se escaparía de su Sevilla en una ocasión: para viajar a Madrid. Sería en 1658 y se topó, por tanto, en las Colecciones Reales. Esta breve estancia es crucial para entender todo lo que pinta desde ese momento. Por ejemplo, no es casual que el artista pinte su Ecce Homo y su Dolorosa tras esta experiencia. En contraposición con las dos fantásticas obras de Tiziano ─en pizarra y mármol, respectivamente─, que sí están expuestas en la actualidad, en la sala 43 con un montaje especial, los dos lienzos de nuestro pintor sevillano no son mostrados al público.

Tras su regreso, entramos en los años de la fundación de la Academia sevillana, bajo su dirección y la de Herrera el Mozo. Aunque la presidencia de Herrera el Mozo será breve, ya que se trasladará a Madrid; al mando de la Academia, junto a Murillo, estará Valdés Leal. Los encargos a Murillo son los de un artista completamente consolidado. El Prado también recoge una buena muestra de los cuadros producidos en estos años. Seguramente, el mejor y más bello que se puede encontrar es “conectar” El sueño del patricio Juan con El sueño de san José ─ya sí atribuida a Herrera el Mozo─. Una obra que pone de relieve la influencia de éste en Murillo. También se puede tomar como ejemplo una pintura de unos años antes como el San Hermenegildo, pintado en Madrid, pero ya sabemos que Murillo era conocedor del estilo de Herrera el Mozo por motivos obvios. El triunfo de san Hermenegildo está en el Museo del Prado y el visitante puede disfrutar de él habitualmente en la sala 18A.

El sueño del patricio Juan, El patricio revela su sueño al papa Liberio y Los niños de la concha son los mejores ejemplos que conserva el museo de estos años finales de trayectoria, donde se hace evidente una evolución artística plena, con una técnica madura y depurada. Una pincelada muy fluida, cercana incluso a las pautas venecianas, y en la que es palpable que es un Murillo que ha aprovechado su aprendizaje de las colecciones reales y otros planteamientos que podían verse en Madrid en 1658. Así como participa y se nutre del contexto artístico de su ciudad.

El triunfo de San Hermenegildo

Francisco de Herrera el Mozo, El triunfo de san Hermenegildo, 1654, óleo sobre lienzo, 326 x 228 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

El sueño de san José (2)

Francisco de Herrera el Mozo, El sueño de san José, 1662 ca., óleo sobre lienzo, 196.5 x 209 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

Fundación de Santa María Maggiore de Roma. El sueño del patricio Juan (2)

Bartolomé Esteban Murillo, Fundación de Santa María Maggiore de Roma. El sueño del patricio Juan, 1664-1665, óleo sobre lienzo, 231 x 524 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

Fundación de Santa María Maggiore de Roma. El patricio revela su sueño al papa Liberio

Bartolomé Esteban Murillo, Fundación de Santa Maria Maggiore de Roma. El patricio revela su sueño al papa Liberio, 1664-1665, óleo sobre lienzo, 230,5 x 523 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

Siempre he tenido la percepción de que el Museo del Prado refleja el pulso más objetivo, la incidencia de la obra de Murillo en el público actual. La propuesta y fórmulas empleadas por el artista en la actualidad propicia una respuesta desigual en los visitantes del museo. Tengo la impresión que no se le entiende, y de que el espectador no está por la labor de probar a ver su obra de forma distinta, dejando lejos ciertos convencionalismos existentes en torno al pintor. Y si lo anterior era una reflexión que responde exclusivamente a criterios subjetivos, nada empíricos ─por decirlo de algún modo─, lo siguiente aun más: la creencia de que no termina de haber un completo idilio Museo del Prado-Murillo. No sé si es la forma de exponerlo o son las salas que muestran sus pinturas, pero sí que he visitado muchísimas veces y a distintas horas el museo, lo he explicado, lo he respirado, así como he procurado estar atento a la “sociología” en el recinto, y no puedo evitar pensar así. Estoy hablando en términos de afluencia a sus salas y sin pretender restar altura a su figura, todo lo contrario: precisamente, pensando en el calibre de un artista de su talla.

Los niños de la concha (2)

Bartolomé Esteban Murillo, Los niños de la concha, 1670 ca., óleo sobre lienzo, 104 x 124 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

Lo que sí creo que es cierto es que a Murillo le pesan aún excesivos convencionalismos y prejuicios que responden, sobre todo, a cómo ha sido contado y que, además, pinta lo que pinta. Stiene que entender que Murillo se adueñó de Sevilla y así se amoldó a un tipo de obra y a temas concretos que pueden ayudar a entender su incidencia en el siglo XXI y el tipo y rango de edad más interesado en sus obras. Es lo que he escrito antes, seguramente, la percepción que habría de Murillo en el Prado sería distinta si colgara en sus paredes alguna de las obras de género que tan buen alcance están teniendo en la actualidad. Pero estas obras no las tiene el Prado y la colección del museo es la que es. Y soy plenamente consciente de lo bien que se hicieron las cosas por su IV Centenario del nacimiento y los esfuerzos desde el academicismo por terminar con estos tópicos en torno al pintor[2]; de terminar con esos límites que existen en la apreciación de su obra. Es evidente que esta efeméride sienta nuevas bases en la apreciación de Murillo que, indudablemente ─y ahí reside su grandeza─ su pintura sigue conmoviendo a día de hoy a multitud de aficionados al arte. A este respecto, las siguientes palabras de Juan J. Luna ─antiguo Jefe de Conservación de Pintura del siglo XVIII del Museo Nacional del Prado y que, tristemente, nos ha dejado en estos días─ me parecen muy clarificadoras de la magnitud y, sí, fama, de Murillo; así como hace más complicado calibrar y valorar de forma ajustada la actual y nada fácil relación del artista con el espectador. Su pintura es capaz de conmover a públicos muy diversos y eso, seguramente, sea un indicador de la relevancia que debemos otorgar a su legado:

«He llevado La Inmaculada de El Escorial a la última exposición que hice en Japón ―en Tokio y en Osaka―. En esa exposición tuvimos algo más de 910.000 visitantes en seis meses. Y este cuadro fue el arrebato total: se compraron postales en unas cantidades industriales casi. Y entonces nos preguntábamos ¿por qué en Japón puede gustar tanto este Murillo? Si en el fondo es muy difícil para un japonés comprender lo que la figura de la Inmaculada representa. Pero es tan bella, tan delicada, tan armoniosa, tan dulce, que se llevó a los japoneses de calle […] lo que gustaba era, sin duda, la belleza de la imagen. Nunca pudo sospechar Murillo, como no lo sospechábamos nosotros que somos de esta época, que algún día uno de sus cuadros más deliciosos iba a tener un éxito en unos lugares en los que la religión cristiana no se comprende […] Este éxito entre el gran público es casi imposible de predecir y difícil de analizar[3].

La Inmaculada del Escorial

Bartolomé Esteban Murillo, La Inmaculada de El Escorial, 1660-1665, óleo sobre lienzo, 206 x 144 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

Notas:

[1] Este nombre hace referencia al mariscal Soult, quien se llevó a Francia la obra.

[2] Invito al lector a que visite el post Murillo, la alegría del Barroco.

[3] Luna, Juan, J., «Conferencia: Murillo en el Museo del Prado. Origen y acercamiento de una colección», Canal oficial de YouTube del Museo Nacional del Prado, [https://www.youtube.com/watch?v=RzUtJBQzHIY&t=4s] (Visto el 14 de mayo de 2020).

Créditos enlace:

– Canal oficial del Museo del Prado en YouTube.

Grandes documentales sobre arte (I): ‘Murillo, la alegría del barroco’

Escribo esto siendo cuatro de abril de 2020. Ayer fue el aniversario del fallecimiento de uno de los pintores centrales del siglo XVII europeo: Bartolomé Esteban Murillo. Fue este el motivo que llevó a Pablo Hereza, en Twitter, y de forma muy acertada, a sugerir al que quisiera ver ─de nuevo o por primera vez─ uno de los mejores documentales sobre arte que se han hecho en este país: Murillo, la alegría del barroco, un proyecto de RTVE encabezado por Marcos Hernández Bermejo y cuya razón de ser fue conmemorar el IV Centenario del nacimiento del pintor. A buen seguro el lector se preguntará si he exagerado al escribir una frase tan contundente. No, no exagero en absoluto. ¿Por qué? Porque, como en cualquier cosa que quieres hacer bien en la vida, el proyecto escogió a  los que realmente saben sobre Murillo. Y, además, no puso únicamente el foco en nombres que desarrollan su actividad en el ámbito nacional, sino que acude a sedes tan importantes en la exposición de obra del sevillano como la National Gallery de Londres y la Alte Pinakothek de Múnich. Esta proyección internacional sirve para iluminar e ilustrar cómo son vistas las pinturas del artista y qué acogida y alcance tiene su legado artístico.

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Fotograma del documental. FOTO: RTVE (La 2).

En el momento en que se menciona el IV Centenario del nacimiento de Murillo es inevitable reseñar, a mi modo de ver, el excelente trabajo que hizo Sevilla para estar a la altura de una fecha tan reseñable. Ya no sólo fue la excepcional e histórica retrospectiva Murillo. IV Centenario, celebrada en la capital hispalense, con nada más y nada menos que 55 obras del pintor, sino también el encomiable esfuerzo del mundo académico plasmado en publicaciones, congresos y actividades relacionadas. Seguro que hay matices, pero este buen hacer el público y la crítica lo percibe. El trabajo y rigor, el esfuerzo a la hora de conseguir los préstamos, propiciaron una respuesta espectacular. Así como prueban, lógicamente, el vínculo y significado que aún a día de hoy tiene Murillo para los sevillanos y todo aquel que, en su visita a la ciudad, quiso dedicar una parte de su estancia a participar en los actos. Asimismo, es pertinente señalar otro proyecto audiovisual de gran envergadura como Murillo, el último viaje, con motivo de la fecha mencionada.

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Bartolomé Esteban Murillo, Autorretrato, 1670 ca., óleo sobre lienzo, 122 x 107 cm, Londres, National Gallery.

Hecha la mención de rigor al IV Centenario del nacimiento del pintor, volvamos al documental, objeto del texto. Murillo, la alegría del Barroco fue emitido el 26 de noviembre de 2018, logrando un gran dato de audiencia con 160.000 espectadores. Y eso también es importante a la hora de valorar la incidencia del documental y otorga, creo yo, una cierta objetividad a mi valoración tan atrevida del primer párrafo. Además, la respuesta en Twitter ─y doy fe de ello─ fue espectacular. Como yo, muchos tuvimos la oportunidad de interactuar en esta red social con algunos de los protagonistas del documental. Con Marcos Hernández Bermejo, que se volcó durante la emisión con todos los que opinábamos sobre el documental, Pablo Hereza ─también citado antes─ y Benito Navarrete. Otra prueba más de lo que está ocurriendo con el arte en Twitter, que ha resultado ser un interesante vehículo y herramienta de difusión. Cada día se suman nuevos usuarios que divulgan, participan o, simplemente, disfrutan de los contenidos de arte que se comparten.

Otro aspecto muy relevante a destacar es lo cuidado que está en lo visual el documental, grabado en 4K. Murillo, la alegría del barroco es un recorrido preciso, de forma cronológica, sobre la vida e impronta de Murillo. Asimismo, el contexto histórico que rodea al pintor está muy cuidado. Aunque esto último era obligado; es decir, no se puede explicar la vida y obra de Murillo, o de cualquier habitante de la Sevilla de mitad del siglo XVII, sin hacer referencia a los efectos catastróficos de la peste de 1649, por ejemplo. La lista de participantes, que se hacen cargo del relato, es muy interesante, ya que permite al espectador apreciar la obra de Murillo de forma más completa ─viendo qué destacan del artista según su campo de especialización en relación con el pintor─. Y como se apunta al inicio del texto, en Murillo, la alegría del barroco participan los mejores: Enrique Valdivieso, toda una institución en lo referente a Murillo y, probablemente, uno de los primeros nombres que se nos vienen a la cabeza cuando pensamos en los especialistas sobre el sevillano; Pablo Hereza, cuya reciente aportación, el Corpus Murillo[1] supone un hecho esencial e imprescindible para el presente y futuro estudio del artista; Benito Navarrete Prieto, autor del también reciente ─y magnífico─ Murillo y las metáforas de la imagen[2]; representantes de museos como Gabriele Finaldi ─National Gallery de Londres─, Valme Muñoz y Fuensanta de la Paz ─Museo de Bellas Artes de Sevilla─ Javier Portús y Manuela Mena ─Museo del Prado─ o Elisabeth Hipp ─Alte Pinakothek─. Por último, un gran acierto fue incluir a participantes que no eran historiadores del arte; así participan el historiador José Calvo Poyato, la escritora Espido Freire o la fotógrafa Isabel Muñoz.

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Fotograma del documental. Foto: RTVE (La 2).

Murillo, la alegría del barroco es una revisión crítica del pintor sevillano que no muestra interés por los clichés. De este modo, lo primero que hace bien el documental es respetar los hechos y seguir los documentos con el propósito de contar debidamente la vida de Murillo. Por ello, se ofrece una contextualización correcta para que el espectador entienda los porqués de todos los pasos que siguió el artista en su trayectoria. Se presta especial atención a los artistas que van influyendo en el pintor, los encargos que le hicieron crecer o cómo se terminó adueñando del mercado sevillano obligando al propio Zurbarán a buscar el éxito en otro lugar. Asimismo, el documental pone de relieve acontecimientos vitales decisivos en Murillo, incluyendo la peste de 1649 y el viaje de 1658 a Madrid, que resulta crucial para entender su posterior evolución artística ─son sus años más gloriosos, que se caracterizan por lograr una técnica más depurada y madura─. Ésto es, precisamente, resaltado por Gabriele Finaldi que, junto a Elisabeth Hipp, muestran cómo es visto Murillo en los museos en los que trabajan; una percepción marcada, lógicamente, por la idiosincrasia de sus colecciones. La Inmaculada de Soult sirve para ilustrar el expolio de cuadros de Murillo por los franceses, hecho que explica la inigualable cotización que alcanza en el siglo XIX. La mirada de Espido Freire e Isabel Muñoz conecta el mundo de Murillo con los ojos del siglo XXI.

Si el documental tiene este enfoque es porque interesa ofrecer una imagen fidedigna, alejada de tópicos que, por otro lado, han hecho un flaco favor al artista. Además, durante el siglo XX, se produce una cierta depreciación de Murillo tras, precisamente, alcanzar enorme fama y prestigio en la centuria anterior. Este proceso también es explicado en el documental. Asimismo, Murillo, la alegría del barroco busca ─porque lo merece─  realzar la figura de Murillo, intentado terminar con ciertos convencionalismos que aún alejan, en ocasiones, al espectador del siglo XXI de sus cuadros. Y esto se debe al buen hacer en los enfoques y metodologías que están protagonizando las investigaciones y trabajos de los últimos años; intentando dejar atrás ciertas formas de estudiar al pintor que han moldeado una imagen concreta en torno al artista. Así como tener que asumir el hecho de que Murillo ha sido empleado en disputas varias con fines alejados a lo puramente histórico-artístico.

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Bartolomé Esteban Murillo, La Adoración de los pastores, 1650 ca., óleo sobre lienzo, 187 x 228 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

Siempre he pensado que la motivación principal de la persona que ve documentales es aprender ─soy consciente de que es una forma de pensar muy personal, completamente subjetiva─, así como, por tanto, concluyo que se trata de un público repleto de inquietudes. Sin embargo, Murillo, la alegría del barroco, tiene algo que a todos nos gusta: un producto audiovisual cuidado con especialistas que saben y que son capaces de transmitir el conocimiento estupendamente. Además, una ciudad tan especial como Sevilla, con un periodo de su historia apasionante mas también demoledor. Todas éstas son las razones que me llevan a creer que este documental puede llamar la atención a un público amplío, que no sólo se reduce a tener un especial interés y querencia por el arte. Murillo es un artista crucial del siglo XVII que es, asimismo, exponente de una sociedad. Sus pinturas son ante todo humanas y logra algo tan complejo como es el conectar con las personas. A través de sus obras vemos una dedicación singular por los estratos más olvidados de Sevilla. Murillo enfoca sus cuadros religiosos en función del lugar al que van a ir destinados y colocados, y siendo consciente de la responsabilidad que acarrea transmitir un mensaje concreto a sus “vecinos” de la ciudad. Para ello crea, por tanto, una iconografía popular, de devoción, realmente apreciada. El artista logra sus propósitos porque conoce a sus conciudadanos, sabe lo que ocurre donde vive y posee una sensibilidad especial que traduce en modelos artísticos cercanos.

Así Murillo, la alegría del barroco es un recorrido apasionante, fascinante. Un relato humano por unos tiempos muy difíciles a los que tiene que hacer frente un pintor capital del Barroco. Porque Murillo logrará toda esta relevancia sin casi salir de su querida Sevilla ni de sus pinturas de género y vida cotidiana. Un motivo de orgullo, símbolo de la ciudad, cuyo eco resuena hasta el día de hoy.

El documental está disponible en el siguiente enlace.

Notas:

[1] Pablo Hereza, Corpus Murillo. Biografía y documentos, volumen 1, Ayto. Sevilla, 2017, 605 páginas.

___________, Corpus Murillo. Pinturas y dibujos. Encargos, volumen 2, Ayto. Sevilla, 2019, 552 páginas.

[2] Benito Navarrete Prieto, Murillo y las metáforas de la imagen, Cátedra, 2017, 360 páginas.

Créditos enlaces:

– @PabloHereza (Twitter), ABCdesevilla, RTVE (La 2).